13.Las divisas

En un sentido puramente genérico, la palabra “divisa” se traduce como el símbolo o emblema heráldico. Las familias nobles, casi siempre enfrentadas en pugnas por sobresalir unas sobre las otras, aparte de sostener larguísimos y complicados pleitos ante las Reales Chancillerías, se obstinaron en proclamar la nobleza de su estirpe a través de los lemas, divisas o “gritos de guerra” que pregonaban la importancia de su linaje, haciendo constar estas divisas en sus escudos de armas.

Se trata de uno de los ornamentos exteriores del escudo propiamente dicho. La divisa es una declaración que, no pocas veces, se proclama de forma enigmática. Unas veces manifiesta una intención, otras un juego de palabras, a veces hasta ingenioso, pero siempre tratando de enaltecer al propietario del blasón. Y así puede verse en los escudos labrados en piedra que lucen las fachadas de numerosas casonas o palacios contrastando las frases humildes con otras muy arrogantes, altivas y hasta soberbias.

Las divisas, a las que los italianos conocen como “impresa” no son hereditarias como las armas de la familia, se trata de lemas que, por lo general se colocaban al pie del escudo, o bien en la bordura, en ocasiones en una cinta que salía por ambos lados del yelmo.

Eso explica que un mismo caballero pudiera tener varias al mismo tiempo o cambiarla cuando le placía, de acuerdo a sus deseos, lo que no quiere decir, ni muchísimo menos, que muchas familias no hayan puesto su empeño en conservarlas a través de los siglos. En el mundo antiguo no existieron las divisas propiamente heráldicas; no obstante, diversos autores opinan lo contrario y citan como ejemplo a Alejandro Magno que llevaba la siguiente: “Supra Fortunam arbitrium meum” o a Hércules, al que le asignan el “Non Plus Ultra”.

Muchas divisas se han hecho célebres: Habrá que recordar la de César Borgia: “Aut Caesar aut noil”. Un hecho curioso fue el de Federico II, Emperador de Alemania que tomó como base de su divisa las cinco letras vocales, A.E.I.O.U. cuyo significado se traducía por: “Austrice est imperari orbi universo”.

Los Reyes de Inglaterra siempre han llevado por divisa: “Dios y mi derecho” y las hubo tan orgullosas como la de los Rohan, en Fr,ancia: “Pince ne veux, rey ne puis, Rohan suis” con la cual pretendían proclamar que ellos eran más grandes que príncipes y reyes.

Por el estilo es la de los Señores de Councy, también en Francia: “Je no suis roy, ne duc, ne prince, ni comte ausy, yo soy le sire de Councy” (No soy rey, ni duque, ni príncipe, ni conde, yo soy señor de Councy).

Pero las casas nobles españolas tampoco se han quedado atrás en lo que respecta a la utilización del orgullo en sus dividas. Veáse como ejemplo, la de la Casa de Quirós: “Después de Dios, la Casa de Quirós”. ¿Cabe mayor altivez?.

Y ya que hablamos de las casas españolas, citaremos unas cuantas de sus divisas:

García: “De García arriba, nadie diga”; Cubillas: “Quien no se esfuerza en subir, vivirá para morir”; Quirós de Castro: “Antes que Dios fuese Dios y los peñascos, peñascos, los Quirós eran Quirós y los Castro eran Castro”, Mier: “Adelante los Mier, más por valer”; Ceballos: “Es ardid de caballeros, Ceballos por vencellos”; Valle: “El que más vale, no vale tanto como Valle”; Cossío: “Mis obras, no mis abuelos, me habrán de llevar al Cielo”; Pacheco: “Estas calderas grabadas de oro y de plata mixto, fueron aquí pintadas antes de la venida de Cristo”; Solano: “Son como el sol los Solanos, antiguos, justos y claros”; Bustamante: “Ví las armas deslumbrantes de los franceses blasones, de los fuertes Bustamante que los reyes no fueron antes”; Cachupín: “Primero caen robles y encinas que las casas Capuchinas”; Estrada: “Yo soy de la Casa de Estrada fundada en este peñasco, más antigua en la Montaña que la Casa de Velasco y al Rey no le debe nada”; Villegas: “Soy de la Casa de Villegas, que hasta la mar atalayo y que tengo mis blasones, más antiguos que Pelayo”; Escobedo: “Barrieron a los enemigos hasta la mar”; Piedra: “Sólo mi virtud se entiende. Fuerza ajena ni la toca ni la ofende”; Velarde: “El que la sierpe mató y con la infanta casó”; Cueto: “Nobles sois de la Montaña, no lo pongais en olvido”; Cubas: ” Ni juicio, ni vanagloria, ni tal cosa pretender; sólo pretendo poner de pasados memoria, por si fuera menester”; Rada: “Si Dios quisiera, más subiera”; Prado: “Primero faltará la tierra que Prados en ella”; Hoz: “Entre piedras y tormentos fui lanzado, más nunca de vencimientos sojuzgado”.

La dinastía de los Borbones utilizaba una espada con la palabra “Oenetrabit” (entrará), y célebre es la divisa de la Casa de Orange, que todavía permanece al pie del escudo de Holanda: “Je maintiendrai”. La Casa de los Guisa usaba: “Chacun a son tour” (a cada uno a su vez) y basta consultar la historia para saber que estuvo a punto de ocupar el trono de Francia.

Luis XI de Francia adoptó como divisa un haz de leña espinosa con la siguiente leyenda: “Quien se arrima, se pincha”. Desde luego, hay que reconocer que tenía toda la razón.

Y en lo que se refiere a Luis IX de Francia el famoso “Rey Sol” llevaba como divisa: “Nec plurihus impar”.

En lo que se refiere a las Ordenes Militares, así como las de Caballería disponían de sus propias divisas: La Orden del Toisón de Oro hace constar: “Pretium non vile laborum”.

Una Orden muy poco conocida, la del Armiño, que instituyó el rey Fernando II de Aragón, traía como divisa: “Halo miri quam fedari” para decir que vale más preferir la muerte que faltar a la obediencia y fidelidad debida a su príncipe.

Conocida es la divisa que ostenta la famosa Orden de la Jarretera inglesa: Una noche, en el transcurso de un baile que se daba en el palacio real, a la bella Condesa de Salisbury se le cayó una liga, el rey Eduardo III se apresuró a recoger la liga cuyo color era azul y observando que los cortesanos se echaban a reir en tanto que a la condesa se le saltaban las lágrimas, instituyó la Orden de la Jarretera, o de la Liga, con la leyenda: “Maldito quien mal piense”.

Quedan, finalmente, como una variante de las divisas los denominados “gritos de guerra”. Normalmente y como fácilmente puede suponerse, se daban en las batallas. Los Señores de la Guerra, los Feudales que encabezaban a sus mesnaderos en los combates, tenían sus gritos de guerra, así que con mayor motivo los lanzaban los reyes y grandes dignatarios de la Corona.

Pero, con el paso del tiempo, estos gritos cayeron en desuso, hasta que llegó un momento en que dejaron de emplearse. Como desafío escrito, se colocaban encima o debajo de los yelmos o en formas análogas a las de las divisas: La voz de guerra de los reyes franceses era “Montjoie et Saint Denis”. El de los reyes de Castilla fue “Santiago”, más tarde al conseguirse la unificación nacional, convertido en el “Santiago y cierra España”. Los Caballeros del Temple tenían como grito de guerra ‘Beauseant, Beauseant” y los de los almogávares catalanes “Desperta, ferro” (Hierro despierta).

En cuanto a los soberanos de Inglaterra, al entrar en batalla, invocaban a San Jorge. La mayor parte de estos “gritos de guerra” llevaban inherentes invocaciones a santos e incluso a la Virgen. Godofredo de Bouillón, en la Cruzada que encabezó y que dió como resultado la toma de Jerusalén, arrebatándosela a los musulmanes, se lanzó a la batalla al grito de “Dieu le veut” (Dios lo quiere). Los Duques de Borgoña, invocaban a Nuestra Señora de Borgoña y los condes de Foix a Nuestra Senora de Biern (Bearn).

Más como ya ha quedado indicado, al paso de los sigos, estas costumbres fueron desapareciendo.

Todavía, en los uniformes de los soldados de algunos ejércitos, puede verse las iniciales de los viejos gritos de guerra, o en la hebilla de sus cinturones, como fue el caso del ejército alemán, que llevaba las iniciales del “Dios con nosotros”. Pero, prácticamente, el uso de este tipo de heráldica, ha desaparecido.

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