16.El feudalismo

El término “Feudalismo”, de acuerdo a la opinión de autorizados tratadistas e historiadores, designa a todo aquello que atañe al “feudo”. Esto es, a una institución jurídica.

Pero existe también quien aplica la raíz de dicha institución medieval en la organización de la familia germánica. Posiblemente haya un punto de razón en la citada tesis: el feudalismo, que apareció originariamente en Francia y casi simultáneamente en otros países europeos, responde a determinadas concepciones de los pueblos germánicos, significándose por su indudable oposición a las costumbres y organización de los romanos.

La sociedad a la que podríamos llamar anterior al estado feudal, se caracterizaba por ciertas determinantes: Al establecerse los denominados bárbaros en lo que habían sido provincias del Imperio Romano, los jefes se fueron repartiendo las tierras, en mayor o menor proporción, según su suerte o sus méritos.

En esas zonas quedaron establecidas poblaciones libres a cuyos habitantes únicamente se les imponía la obligación de acudir con las armas en la defensa nacional. Pero, paulatinamente, los reyes o caudillos con el fin de asegurarse el concurso político y militar de otros personajes, o recompensar sus servicios, comenzaron a ceder parte de sus propiedades en “beneficio”, y estos beneficios eran vitalicios.

El beneficiario, se convertía en “señor” y todos los que habitaban en sus tierras recibían el nombre de “vasallos”. Estos debían lealtad y obediencia a su señor y éste, a su vez, se la debía al rey. Pero a partir del siglo XI, comenzó a operarse en estas relaciones un cambio muy trascendental. Los vínculos del señor (duque, conde, marqués, barón, etc.) con la monarquía se fueron debilitando y al mismo tiempo que se iban achicando los poder reales, aumentaban los de la nobleza.

Los vasallos ya no se sentían obligados a prestar su esfuerzo militar, si la ocasión llegaba, al rey sino a su señor. Y así fue cómo se fue entrando en el verdadero feudalismo.

Los vasallos solicitaban a su señor protección contra las incursiones enemigas y poder cultivar en paz las tierras y a cambio recibían de éste la exigencia de que cuando lo necesitara, ellos combatirían por él en todas las cuestiones que el señor feudal tuviera por conveniente.

Los documentos de la época nos dan a conocer la ceremonia en la que intervenían dos hombres, el señor y el vasallo. Uno de ellos, en actitud de total humillación, se arrodillaba frente al otro.

Este, al ser reconocido como su señor por el arrodillado, lo cogía de las manos y le ayudaba a ponerse de pie. El vasallo reforzaba su sumisión bajo juramento sobre un objeto sagrado. Esta parte de la ceremonia se entendía como la de la fe o fidelidad. Desde aquel instante ambos quedaban obligados el uno al otro de por vida. En primer lugar, quedaba establecido el compromiso de no perjudicarse el uno al otro ya que el vínculo de vasallaje era un contrato de no agresión y en prestarse mutua ayuda militar cuando las circunstancias así lo exigieran.

Así ocurría, generalmente, en todos los países y su mayor esplendor se alcanzó durante los siglos X, XI y XII. Fue luego decayendo paulatinamente, pero no quedó roto definitivamente hasta la Revolución Francesa.

Cuando un señor feudal quería proceder con las armas contra alguno de sus feudatarios, si este era propietario de tierras, hidalgo, o infanzón, tenía que desafiarle primero, esto es, declarar roto el pacto establecido entre ambos. A la inversa, cuando un vasallo quería reparar con las armas alguna ofensa recibida de su señor, tenía previamente que desnaturalizarse, o sea declararse libre del juramento de fidelidad prestado.

En realidad, este tipo de sociedad, en tiempos de guerra, formaba una cadena de dignidades. Si el rey quería emprender una campaña contra otro rey, lo primero que hacía era reclamar la ayuda de sus señores feudales y estos, la de sus vasallos. Así se formaban los ejércitos en aquellas épocas.

No hay que confundir al vasallo con un estamento inferior, el constituido por los llamados “villanos”. Estos pertenecían a las capas más bajas y, en realidad, carecían de casi todo lo que hoy denominamos “Derechos Humanos”. Si el vasallo podía poseer tierras, el villano, o no las tenía, o escasas, de poca importancia. El señor feudal, por su contrato podía reclamar no sólo la ayuda militar, sino el consejo de sus feudatarios. El viliano se limitaba a trabajar y nada más.

El desarrollo del feudalismo en los siglos citados correspondía, en resumidas cuentas, a unas determinadas estructuras ecónomicas, sociales y políticas. El vasallo acostumbraba a depositar a sus hijos pequeños en la casa de su señor para que aprendieran al lado de este y se acostumbraran a amarle como si de un segundo padre se tratara.

La práctica del vasallaje no incluía, en forma alguna, deshonor, dado que ambas partes se mantenían fieles la una a la otra por su propia conveniencia. Un ejemplo de ello lo tenemos en el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, el “Cid Campeador”, que, declarándose una y otra vez vasallo del rey Alfonso, cada vez que reñía con este, estaba obligado a “desnaturalizarse” lo que no impedía que cuando tornaban a hacer las paces, rey y vasallo olvidaran sus pasadas desavenencias, siempre y cuando se sintieran precisados el uno de la ayuda del otro.

La institución feudo-vasallaica tenía, en ocasiones, grandes lazos de familia. El vasallaje, en expresión de Marck Bloch constituía algo así como un “parentesco suplementario”. La práctica del vasallaje no implicaba ninguna prestación degradante ya que se unían, por el honor, unos sujetos iguales en el cual uno era el señor, pero el otro no le cedía en nada en la cuestión de hidalguía. Los vasallos fueron, de hecho, una clase priviregiada, una “élite” que, al someterse militarmente al señor, escapaba a otras obligaciones materiales.

Este tipo de relaciones se extendía también a los grandes dignatarios de la Iglesia, que tenían sus propios vasallos y que, en ocasiones, no vacilaban en ponerse al frente de los ejércitos en campaña. Basta un solo ejemplo: el rey de Francia era vasallo de los monjes de San Dionisio.

Fue a finales del año 1.000 cuando la sociedad de Occidente comenzó a concebirse dividida en tres “órdenes”: los trabajadores, o sea, los villanos, las gentes de oración y los combatientes. Y de ahí la costumbre de estos últimos hacia el vasallaje o feudo que eran las únicas prácticas, las guerreras, para reunirlos en torno a un jefe, el señor, liberándolos de otras prácticas menos, a su juicio, honrosas y acordes con su condición de caballeros. La idea era que, al igual que el monje se ocupaba de la oración, el caballero no necesitaba trabajar para vivir, sino que estando todo su esfuerzo encaminado a la actividad de la guerra, debían ser mantenidos por los campesinos.

La estructura económica de la época feudal, tenía un esquema más complejo del que a primera vista parece. Señores, vasallos, artesanos, como este taller de orfebrería, campesinos dependientes o no de los vasallos o del señor y, por último, la gleba o pueblo llano carente de bien alguno.

Todo feudo y en esto se basaba su poder, producía una renta constituida por cargos, y tributos impuestos a pequeños propietarios rurales, colonos y siervos sometidos a la autoridad total de su amo y señor. Esta renta procuraba a los feudatarios el tiempo que precisaban para su entrenamiento militar, de modo que siempre se encontraran preparados para prestar a su señor la ayuda que le habían prometido.

Esta fórmula producía el hecho de que un hombre podía servir fielmente a otro hombre casi en pie de igualdad y si se hallaba en condiciones de hacerlo era porque se encontraba libre de las obligaciones que otros soportaban.

Durante la Edad Media prácticamente no existía ninguna familia que dotada de cierta riqueza, no rindiera vasallaje a otro más poderoso que ella. Y estos a su vez, los señores, eran los vasallos del rey, a cambio de lo cual se convertían en sus amigos y consejeros y se beneficiaban de privilegios. Este procedimiento duró mientras la institución monárquica fue fuerte, pero cuando por causa de las invasiones, normandas y musulmanas, sobre todo, comenzaron a debilitar a los reyes, vino a resultar que los señores feudales se consideraron a sí mismos poco menos que como soberanos independientes, hasta el punto que cuando su soberano reclamaba su auxilio para determinadas empresas, incluso llegaban a imponerle al monarca ciertas condiciones.

Los señores feudales ya lo dejaron bien claro en la contestación que dieron a determinado monarca cuando éste solicitó su ayuda: “Cada uno de nosotros vale tanto como vos y juntos, más que vos”. Y todo esto trajo consigo que, al debilitarse el poder real, los señores feudales impusieran sobre la masa de campesinos su propia autoridad que llegó hasta aquello de “Señor de horca y cuchillo”, lo que equivalía a decir que la vida de sus siervos dependía de él y que si le petaba ahorcar a alguno de ellos, nadie le podía pedir cuentas.

El feudo sirvió para agrupar a los caballeros en torno a sus jefes locales y encuadrar su acción militar en torno a determinada fortaleza. Pero este progresivo aumento del poder feudal iba en detrimento de la autoridad real, de modo que los reyes eran los primeros interesados en rebajarlo. Si en un principio, los monarcas utilizaron el sistema feudal, llegó un momento en que éste casi se convirtió en un peligro para ellos. En España, el quebrantamiento de el feudalismo como tal, se inició con los Reyes Católicos, una vez que, conseguida la unidad patria, para nada precisaban de la ayuda militar de los señores feudales. Y así, uno tras otro, los Estados pusieron todo su empeño en desprenderse del manto feudal en el que había estado envuelto su crecimiento. Es posible que el feudalismo, como realidad social obedeciera a las necesidades de aquellos tiempos.

La violencia existente, las invasiones y continuas guerras, la inexistencia de un poder que garantizara la seguridad de bienes y personas, constituyeron los motivos por los que aquellos que entendiéndose débiles para enfrentarse a tales problemas, se pusieran bajo la protección de quien era más poderoso que ellos, y que reunía algún poderío militar. La aldea siempre se agrupaba al pie de un castillo para que éste la protegiese. Sería absurdo negar los abusos e injusticias, así como las vejaciones, a que, por el sistema feudal, se veían sujetos los rústicos.

Pero quizás, la época imponía este sistema de sociedad. Sin la protección militar del señor feudal, los campesinos no habrían podido labrar sus tierras ni encontrarse protegidos ante las incursiones de invasores prestos al saqueo y la rapiña.

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