17.La caballeria

La Caballería no apareció de improviso, ni fue un destello que floreció fugazmente para apagarse casi enseguida. Por el contrario, su aparición se basó en raíces muy hondas y fue el resultado de una larga evolución en la que influyeron diversos acontecimientos históricos. Se dice que la Caballería, por su aspecto belicoso, procede de los pueblos germánicos, e incluso de los denominados “bárbaros” que basaban toda su fuerza de combate en este elemento. Es posible que esto sea así, que con anterioridad los romanos, cartagineses, etc, lo basaban todo en la fuerza de los infantes, aunque también utilizaran el caballo como complemento en las acciones bélicas, pero en mucha menor medida que las célebres legiones de la Roma Imperial o los elefantes del cartaginés Aníbal.

Acaso tienen razón los que le achacan su nacimiento en ciertas ceremonias que en pleno bosque, delante de toda la tribu congregada al efecto, se celebraban en la antigua Germania cuando el joven apto para la guerra recibía solemnemente las armas, otorgándole el caballo, es decir “armándole” caballero y dispuesto para la guerra.

Después de las invasiones de los bárbaros (por cierto no estará de más dejar constancia de que la traducción de esta voz significa “extranjeros”) estos, en su contacto con las civilizaciones occidentales, fueron abandonando a sus antiguos dioses y entrando, paulatinamente en la religión católica. Siendo paganos, los bárbaros llevaban en la sangre el paganismo, siendo sus costumbres extremadamente toscas, violentas y dando tan poco valor a la vida, que no les importaba morir en el combate. Aquel que desee conocer en profundidad lo que eran aquellas tribus de feroces guerreros, lo único que tiene que hacer es indagar sobre las Sagadas nórdicas y germánicas donde encontrará escenas de autentico salvajismo y de una ferocidad sin límites.

La Iglesia, por su carácter, era opuesta a la guerra aunque, eso sí, admitía el derecho a la defensa. Aquello de si te golpean en la mejilla derecha, pon la izquierda, está muy bien en los Evangelios, pero en la práctica suele dar pésimos resultados. Bien está no ser jamás el agresor, pero si eres agredido, nadie debe imponerte una sumisión tal que te convierta en la víctima de un energúmeno.

La fuerza, siempre que esté al servicio de la defensa y, sobre todo del Derecho, no solamente es necesaria, sino imprescindible si se quiere mantener el orden donde amenaza el caos. Por tanto, la Iglesia llevó en este aspecto un trabajo muy importante que fue nada menos que captarse a los bárbaros oponiendo a su ferocidad, una misión de paz, lo que le costó no pocos mártires y ahí esta la historia para demostrarlo. No fue fácil convertir a los bárbaros al cristianismo, muy al contrario, no fue poca la sangre que hubo de derramarse antes de conseguirlo, pero se logró y eso es lo que a larga, interesa.

Convertidos pues, aquellos pueblos violentos a la fe cristiana, mientras perduraba la influencia del Imperio de Occidente y llegaban las influencias de la civilización bizantina, los jefes de los que en un paso cercano habían sido hordas indisciplinadas y feroces, ahora ya medianamente culturizados, sostenían en su interior una violenta pugna entre su deseo de ajustarse a las normas cristianas, en las que ya creían y su natural impulso de la guerra.

Fue trabajo ímprobo ir logrando dominar tales tendencias para ser suplantadas por sentimientos de nobleza y generosidad, así como de compasión, lo mismo que enseñar a proteger al débil y respetar y proteger a la mujer.

Tales sentimientos fueron ganando terreno, acaso porque el fuerte a veces, consciente de su propio poder, se siente inclinado a defender a aquellos que él considera que para nada pueden perjudicarle o, por el hecho de que el señor feudal gobernaba más o menos arbitrariamente, en ocasiones contemplaba con cierta compasión, no exenta de desdén, que todo hay que decirlo, a los siervos que le estaban sometidos.

Pero el resultado de tan arduo trabajo fue nada menos que convertir al bárbaro guerrero en un paladín de la Iglesia, en un hombre de armas dispuesto a la batalla para defender el ideal cristiano, y de ahí a inculcarle los sentimientos de respeto hacia la mujer, y comportarse con nobleza ante el enemigo, ajustándose a ciertas leyes morales, ya tan sólo existió un paso que fue dado. A partir de que tal cosa se consiguiera puede decirse que nació la Caballería y con ella el concepto de caballero.

Para llegar a ser calificado como tal era preciso ajustarse a unas reglas morales en las que no tenían sitio la cobardía, la vileza, la traición o la bellaquería. Un caballero tenía que ser generoso con sus enemigos, noble en el combate, respetuoso con la mujer y protector en toda ocasión del débil, ajustando siempre y en todo momento, su norma de conducta a la rigurosa justicia.

La Caballería fue pues, en su origen una forma cristiana dentro de la condición militar. Y el caballero, un soldado cristiano, o lo que es lo mismo tanto en la guerra como en la paz, debía de ajustar su norma de conducta a la religión en la que él creía. Fue la Caballería una gran institución religioso-militar con sus ceremonias propias y sus órdenes de monjes-guerreros. Las enseñanzas y obligaciones de todo aquel que ingresaba en la Caballería se podrían resumir en diez normas:

1) Creer las enseñanzas de la Iglesia y obedecer sus mandamientos.

2) Proteger a la iglesia.

3) Defender a los débiles.

4) Amar al país en el que se ha nacido.

5) No retroceder jamás ante el enemigo.

6) Guerrear contra los infieles.

7) Cumplir los deberes feudales.

8) No mentir y ser siempre fiel a la palabra empeñada.

9) Ser dadivoso y liberal con todos.

10) Combatir todo lo malo, defender todo lo bueno.

La Caballería tuvo sus momentos de florecimiento durante los siglos XI y XII reclutándose principalmente entre los miembros de la nobleza.

No obstante y en honor a la verdad, hay que decir que entretanto existían señores feudales que estaban prestos a acudir de inmediato a la llamada de la Iglesia o de su Rey, otros hacían oídos sordos prefiriendo guerrear con sus vecinos en los que en la mayoría de las veces, no eran otra cosa que acciones de rapiña.

El ideal caballeresco recibió distintas influencias, y no era de despreciar el choque existente entre el concepto del feudalismo y la vida social. Pero, con sus defectos y todo, como toda obra humana, la Caballería rindió enormes servicios en la defensa de la cultura occidental. Luego, decayó, fue degenerando.

Se introdujo un nuevo tipo de caballero y el generoso, leal, desprendido, valiente y dispuesto en todo momento a la protección del débil, fue poco a poco siendo desplazado por otros que se ofrecieron como bravucones, dilapidadores, buscadores de aventuras y dados a olvidar las obligaciones que su condición de caballero les imponían. Pero no vemos lo malo, sino lo bueno.

La Caballería, en sus orígenes y durante dos siglos, fue una noble institución que, como hemos dicho, rindió inapreciables servicios no sólo al ideal cristiano sino a la causa de la civilización occidental. Gracias a ella se hicieron posibles las Cruzadas y es innegable que la verdadera Caballería legó a las generaciones sucesivas valiosos elementos culturales y morales que se incorporaron definitivamente a la ideología contemporánea.

Las Cruzadas, de las que nos ocuparemos con más detenimiento en capítulos sucesivos, fueron las grandes expediciones militares a Palestina, durante los siglos XI hasta el XIII inclusive.

Los sentimientos cristianos, el ansia de conocer los lugares donde sufrió la Pasión el Redentor, la desesperada ilusión de rescatar aquellas tierras para el cristianismo, unido a la afición aventurera y guerrera, la amenaza que para Occidente se encerraba en el poder musulmán, todo contribuyó a aquellas gestas de la Caballería.

De las Cruzadas se derivaron muchos aspectos positivos. Aun enfrentadas en una guerra, dos civilizaciones, la occidental y la oriental llegaron a conocerse, algo que quizás de no exigir las Cruzadas, no se habría producido.

Las Cruzadas y la Caballería sirvieron, dejando aparte los motivos religiosos que las impulsaron, para contener el poder musulmán, deteniendo una posible invasión de Europa por parte de aquellos pueblos del cercano Oriente.

Algo que no fue poco. . .

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