22. Justas y torneos

Cuando se habla de justas y torneos, para aquellos no demasiado conocedores del tema, se puede caer en el error de creer que unos y otras constituían la misma cosa. No es así: entre ambas existían diferencias muy apreciables que resulta interesante destacar. Lo que sí es cierto es que tanto justas como torneos parece ser que en su origen fueron una especie de juegos bélicos derivados de otros de mayor antigüedad, por ejemplo, los combates de gladiadores en la Roma imperial. Y es cierto también que, con anterioridad a la Edad Media, los pueblos escandinavos y germánicos practicaban también cierta clase de juegos bélicos que, en resumidas cuentas, no eran otra cosa que torneos; y muestras de ello pueden encontrarse no sólo en la Mitología escandinava sino en las Sagas germánicas.

Retrocediendo aún más en el tiempo, y dejando aparte las competiciones deportivas de Olimpia, los griegos ya conocían los desafíos de hombre a hombre. Basta con recordar la guerra de Troya y el duelo mantenido entre Aquiles y Héctor.

La influencia que, en este tipo de juegos, justas y torneos, sobre ellos ejercieron ciertas costumbres similares en los tiempos más antiguos se ve con toda claridad en ciertas normas. Cuando en Grecia se decidía la celebración de unos juegos teniendo como escenario la ciudad de Olimpia, a partir del momento en que estos quedaban convocados, se producía un paréntesis entre cuantas guerras pudieran, en aquel momento, desarrollarse.

Y algo similar ocurría en la Edad Media, con las denominadas “Treguas de Dios”. Si el torneo se celebraba entre caballeros de distintos bandos, enzarzados en un conflicto bélico, de inmediato se producía la tregua, es decir, descansaban las armas hasta que el torneo no finalizara. En justas y torneos existían ciertas reglas y variantes. La justa se basaba en un combate de hombre contra hombre, mientras que en el torneo se enfrentaban hasta varias cuadrillas de caballeros. Este último juego solía consistir en tres tiempos: en el primero, se enfrentaban los dos grupos adversarios de jinetes; en el segundo, aquellos que no habían sido descabalgados, luchaban a pie y finalmente, todos sostenían un último enfrentamiento formado por cuadrillas. En el combate a caballo, los caballeros iban recibiendo una puntuación correspondiente al número de adversarios que derribaban y, al finalizar el torneo recibían el premio de manos de su dama. Así, todos los ideales caballerescos de la Edad Media tenían cabida en los torneos y de ahí la inmensa popularidad de que gozaron.

Pero como juego en el que entran las armas, muchas veces lo que se había organizado tan sólo como una diversión y un entretenimiento, producía efectos lamentables. Carlos V organizó en Valladolid, en el año 1.518 un torneo entre nobles flamencos y castellanos y la fiesta finalizó arrojando un gran número de muertos y heridos. Pero esto no desanimaba a los organizadores de este tipo de juegos; era un riesgo que había que correr y que era aceptado por todos. Eran muchos los caballeros que iban de corte en corte en busca de ocasiones en las que lucirse en el manejo de las armas. Cuando se enteraban de un determinado lugar en donde se iban a celebrar este tipo de fiestas, allí acudían, cruzándose desafíos entre ellos. Los naturales del país o la ciudad, donde se iba a llevar a cabo el torneo, ponían todo su empeño en derrotar a aquellos otros llegados de otras tierras, era como una honra nacional derrotar a los caballeros extranjeros.

Reyes y príncipes participaban también en estas fiestas, rompiendo lanzas en ellas. El torneo se anunciaba con mucha antelación, preparando un espacio cerrado donde se colocaba una tribuna en la cual se acomodaban los nobles y las damas que iban a presenciarlo.

En las justas, dos caballeros cubiertos con sus armaduras y dotados de todas sus armas, montados en briosos caballos, se embestían, lanza en ristre, como en un combate particular, aunque las lanzas que utilizaban eran de las llamadas “de cortesía”; es decir, en realidad, eran lanzas sin hoja de acero en la punta. En cuanto a las espadas, sus filos habían sido previamente embotados, Por lo general, en las justas, la costumbre era romper tres lanzas, intentando hacer caer al adversario, en cuyo caso, éste se declaraba vencido y la cosa no pasaba a más. En ocasiones, las justas duraban varios días y eran acompañadas de cenas y bailes nocturnos en los castillos o palacios.

En lo que se refiere a los torneos, ya lo hemos indicado: eran combates, de un grupo de jinetes contra otro grupo asimismo montado. Pero, al igual que en las justas, todos los caballeros utilizaban armas “corteses”. A pesar de estas precauciones, no eran raro los casos en que, al menos uno o varios caballeros, quedaban heridos o muertos, por lo que la Iglesia acabó por condenar estos ejercicios militares. El mayor auge de justas y torneos se alcanzó durante la Edad Media, después, se fueron espaciando, tendiendo a evitar accidentes, pero el entusiasmo y la pasión por este tipo de fiestas fue muy grande en todas las capas sociales. Se llegaban a apostar sumas cuantiosas en favor de uno u otro contendiente y habrá que decir que las damas no eran ajenas a la organización de las justas, al contrario, sin combatir, ponían en ellas tanto entusiasmo como los hombres, llevando, a grandísimo orgullo, el que, “su caballero”, resultara el triunfador. Los torneos se hicieron sumamente populares en todos los reinos de la Edad Media. Se establecieron incluso Fueros a ellos destinados, como el de Soria, o las Partidas. Se escribieron, además, numerosos tratados sobre estos hechos de armas, a los que se consideraba como fiel espejo de la Caballería.

Un papel destacado en justas y torneos lo tenían los “heraldos”, a los que habría que considerar como “maestros de ceremonia”. Ellos eran los encargados de anunciar oficialmente los torneos, indicando la fecha de celebración de los mismos y publicando los nombres de los caballeros que iban a tomar parte en los juegos. Eran los depositarios de las reglas de torneos y justas, a los que había que consultar en los casos difíciles y cuyas decisiones eran inapelables. Muy pronto, se comenzó a escribir las normas de los torneos y justas en pergamino, con lo que se produjo su entrada en la Historia al dejar constancia de cuanto había sucedido en determinado torneo, anotando cuidadosamente todas las incidencias del mismo.

El nombre de Heráldico viene precisamente de estos personajes, los Heraldos. Los mismo reyes los encargaban para que les fueran informando de cuantos asuntos se referían a la nobleza y así, con el nombre de Heraldos, o Reyes de Armas se convirtieron en los reguladores, por decisión real, de todo cuanto concernía a las armerías. En España, los Reyes de Armas, actuaron oficialmente durante la Monarquía y tuvieron autorización real para expedir certificados genealógicos de entre las diversas familias nobles, así como Reales Despachos de nobleza.

Una variante de la justa, fue la constituida por el combate entre dos caballeros sometidos al denominado “Juicio de Dios”. En este caso, ya no se trataba de una fiesta, sino de un combate a muerte.

El hecho sucedía cuando entre dos caballeros se sostenía un litigio de tanta importancia que, en ocasiones, se trataba de demostrar la inocencia o culpabilidad en un hecho vergonzoso del que se acusaba a uno de ellos. Entonces, el rey los conminaba a someterse al “Juicio de Dios” que consistía en enfrentarse con todas sus armas y sostener una lucha, utilizándolas todas, si era necesario, hasta que uno de los dos combatientes moría o quedaba herido. El vencedor poseía el privilegio de rematarlo, a no ser que el derrotado se confesara culpable, en cuyo caso el que había triunfado se daba por satisfecho, considerando su honor a salvo.

Pero justas y torneos, con el transcurso del tiempo, fueron cayendo en desuso, hasta desaparecer por completo. Quedó, eso sí, un lejano parentesco en la celebración de los “duelos” entre dos hombres, a espada o pistola, por la ofensa recibida por uno de ellos por parte del otro. Estos duelos, al contrario que justas y torneos, se llevaban a cabo sin espectadores y tratando de rodearlos de la mayor discreción, y hasta esto desapareció en el siglo XIX, bien porque fue prohibido por Ley, bien porque su utilización acabó por considerarse una reliquia del pasado.

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