Alcalá la Real

·De gules, una llave de oro. Bordura conponada de castillos y leones.

Alcalá la Real se ubica en una zona estratégica que comunica el valle del Guadalquivir (a través del río Guadajoz) con las áreas de vega granadinas, a través de los ríos Frailes y Velillos. Su posición estratégica, no sólo sobre el territorio, sino en la misma ubicación de la ciudad (sobre el Cerro de La Mota), le confiere una importancia fundamental en cuanto a las vías de comunicación a lo largo de la historia, lo cual viene a confirmar su importancia cuando esta área se convierte en zona de frontera durante la Edad Media con el Reino de Granada.

Se advierte ocupación humana en distintos yacimientos del término municipal desde el Paleolítico y en las fases prehistóricas siguientes como el Neolítico, el Calcolítico y la Edad del Bronce. Como curiosidad, es probable que esta ciudad fuera uno de los últimos emplazamientos donde habitaron los Neanderthales. Desde el Bronce Final, en las fases ibéricas antiguas, se aprecian asentamientos ibéricos de pequeño rango, como los núcleos de La Gineta y La Mesa de la Ribera Alta. En época romana se advierten las primeras evidencias de ocupación del Cerro de La Mota, que pueden identificarse como los primeros restos de la propia Alcalá, si bien puede darse el caso de que estas edificaciones romanas hayan podido arrasar los anteriores estratos ibéricos. Según A. U. Stylow1, el topónimo romano Sucaelo correspondería a Alcalá la Real.

En 713, con la conquista musulmana, la ciudad pasa a denominarse قلعة بني زيد Qal`at Banī Zayd, esto es, “fortaleza de los Beni Zayd o hijos de Zayd”, o, abreviadamente, القلعة Al-Qal`a, “la fortaleza”, del que procede su nombre actual. También de época musulmana, concretamente del reinado de al-Hakam II (961-976), data la importante red de atalayas que se erigieron para defender el territorio de las devastaciones de los normandos que incluso dejaron sentir sus efectos en esta zona. Hoy día todavía subsisten 12 de las 15 atalayas originales, que establecían un cinturón defensivo en torno a la atalaya principal de La Mota.

Es en torno al año 1000 cuando la atalaya de La Mota se convierte en una verdadera fortaleza, convirtiéndose en uno de los núcleos más importantes de al-Ándalus bajo la égida de la familia Banu Said. Posteriormente, tras la disolución del Califato y la escisión del mismo en los Reinos de Taifas, Al-Qal’a se convirtió en una plaza fuerte del reino nazarí, desde la cual se efectuaban numerosas incursiones contra Jaén y otras tierras fronterizas castellanas, hasta que finalmente fue conquistada el 15 de agosto de 1341 (siglo y medio antes de la caída del reino nazarí) por Alfonso XI de Castilla, quien le concedió el título de la Real que desde entonces figura en el topónimo. Es desde este momento de su conquista que en su escudo figura una llave, símbolo de su importancia estratégica. En 1432 el rey Juan II de Castilla le otorga la consideración de ciudad. Sobre la conquista de Alcalá la Real, en 2009 se publicó la novela El escudo nazarí, obra del alcalaíno Emilio Sánchez Sánchez en la que se describen en una trama amena todos los pormenores de la preparación y asalto a la ciudad fortaleza, al tiempo que se perciben la forma de pensar y vivir de aquellos tiempos.

Tras la conquista del Reino de Granada, Alcalá la Real pierde su valor estratégico, siendo entonces cuando se produce la paulatina migración de la población desde el Cerro de La Mota a las tierras llanas situadas al pie del cerro, en un intento por escapar del ahogo que suponían las murallas y la escasa superficie del cerro (de unas 3 ha) para el crecimiento de la ciudad, hasta el punto en que el propio Cabildo Municipal es trasladado desde La Mota al actual Ayuntamiento en el siglo XVII. Este proceso de abandono de La Mota culminó tras la Guerra de Independencia y la derrota de las fuerzas napoleónicas, que ocuparon la fortaleza de La Mota de 1810 a 1812, abandonándola tras un incendio. Al final del Antiguo Régimen contaba con 11521 habitantes [3]

Durante la Guerra Civil Española, Alcalá la Real, Lopera y Porcuna fueron las únicas poblaciones de la provincia tomadas por el bando insurgente, estabilizándose el frente así configurado hasta el final de la contienda.

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