ALMAZÁN

En campo de azur un árbol de sinople terrazado y ocho panelas rojas.

Si bien los primeros indicios de Almazán se remontan a la Edad del bronce, es en la Edad Media cuando se configura como importante núcleo poblacional, llegando a alcanzar cierto protagonismo histórico, especialmente debido a las constantes llegadas de los Reyes Católicos.
Al ser lugar de paso, debido a su especial enclave, Almazán se ha visto implicado en los numerosos avatares que a lo largo de la Historia de España se han ido sucediendo y cuya huella aún se perceptible hoy en día, en alguno de sus aspectos.

Se remontan los orígenes de Almazán a la primera Edad del Bronce según testimonios de asentamientos de tribus primitivas halladas en sus alrededores. En el cerro del “Guijar” se han encontrado restos de sílex característicos de esta cultura, así como punzones, brazaletes, hachas y otras piezas de bronce que fueron sustituyendo el empleo de la piedra, además de los vasos cerámicos campaniformes tan peculiares en esta época.
De la Edad del Hierro también se han encontrado vestigios en el Cerro del Cinto así como de la época celtibérica en ambas márgenes del Río Duero -en el alto de la “Muela” y “Los Chopazos”- Correspondientes a cuatrocientos A.C. De época romana está constatado, que sobre el primitivo asentamiento del “Guijar” se ubicó un campamento romano atribuido al cónsul Nobilior en el año 153-153 A.C., de notable importancia durante los años de asedio a Numancia, al ser lugar de paso entre Ocilis y la propia Numancia.

Edad Media

Ya más próximos en el tiempo y tras la invasión de España por los agarenos, el territorio soriano, semidesértico, quedó pronto en la retaguardia ocupada. Mediado el siglo X el califa cordobés Abderramán III instala su cuartel general en Medinaceli, siendo Almazán fortificado en esa época al constituir un importante objetivo en su avanzada.

Habrá de pasar un siglo hasta que en 1040 Fernando de Castilla recupere aunque efímeramente, la plaza de Almazán. Será Alfonso VI quien la gane definitivamente a los musulmanes, en 1098, y realice aquí las primeras repoblaciones junto con Medina y Balluncar.
Por vez primera al amparo de las leyes y fueros que Alfonso VI otorgara a la plaza de Almazán, fue tomando cuerpo la comunidad municipal. En 1121, como consecuencia del concilio de Burgos, Almazán pasa a depender del Obispado de Sigüenza y unos años más tarde, en 1128, Alfonso el Batallador de Aragón, en un nuevo proceso de repoblación, le asigna el nombre de Placencia. Esa denominacion no llegó a prosperar imponiéndose el nombre que ha llegado hasta hoy, cuyo topónimo árabe significa “el fortificado”.

Un hecho singular acontece en 1158 cuando el rey Sancho el Deseado firma en Almazán la orden de donación de la plaza de Calatrava a los monjes cistercienses Fray Raimundo de Citero y Fray Diego Velázquez, quienes asumieran su defensa contra los almohaces. Consecuencia de esta cesión fue la posterior creación de la Orden de Caballería de Calatrava, que tuvo lugar en Almazán en 1158, según consta en la carta de fundación de dicha Orden: “In Almacan fub era MCXCVI, Menfe ianuario, auno quo Dominus Famofifimus Hifpaniarum Imperatur objit: Rege, Sanctio de Navarra exiftente vaffallo Domini Regis”.

En 1829 tiene lugar aquí un Consejo Real presidido por Sancho IV el Bravo, en el que con el apoyo de gentilhombres y caballeros de pro declaran la guerra al rey aragonés, quien era partidario del infante don Alfonso de la Cerda en sus aspiraciones a la corona de Castilla. Como consecuencia, las tropas aragonesas asolan la comarca y cercan la Villa con un ejército de hasta cincuenta mil hombres y posteriormente, hacia 1298, se apoderan de ella, pasando a ser por algún tiempo Corte del Infante rebelde Alfonso de la Cerda. En 1305 tras complejos avatares, la plaza de Almazán es devuelta al rey castellano tras mediar la sentencia arbitral de los reyes Don Dionisio de Portugal y Don Jaime de Aragón.

Fallecido el rey Bravo, su viuda María de Molina haciendo gala de sus dotes políticas logra retener los derechos sucesorios al trono castellano en favor de su hijo Fernando IV, frente a las reivindicaciones de Alfonso de la Cerda.
Aquí pasaría largas estancias María de Molina, siendo visitada por el rey buscando el consejo materno en asuntos del reino, hasta que en 1309 parte hacia Toledo para apoyar la contienda acordada por Aragón y Castilla, a fin de proseguir la campaña de expulsión de los musulmanes.

Toda esta serie de continuos enfrentamientos, así como el progresivo avance de la frontera cristiana, supuso una gran merma en la población de esta zona del Duero, al producirse importantes migraciones hacia las tierras más ricas del sur. Ello supuso que a finales del siglo XIII y a principios del siguiente, la vecindad de Almazán había quedado tan menguada que se hace necesario demandar a los reyes privilegios y dispensas que propicien y favorezcan su aumento. De 1302 y 1305 son los privilegios concedidos por Fernando IV a petición de su hermano D. Pedro, señor de la Villa y de Camareros, por los cuales los vecinos de Almazán quedaban exentos del pago del portazgo en gran parte de las ciudades del reino.

Alfonso XI, Enrique II, Juan I y Enrique II el Doliente, mantendrán durante sus reinados dichos privilegios, conservándose en los archivos municipales entre otros, el perteneciente al rey D. Enrique III, escrito sobre pergamino y fechado el 20 de febrero de 1392.

Fruto de la repoblación conseguida es la organización y creación de nuevas parroquias así, la de Santa María de Calatañazor, cuyo nombre alude a gentes llegadas de esa Villa, San Salvador, San Pedro y Santiago, San Miguel, San Vicente, Santa María de Campanario, San Esteban, Santo Domingo y San Andrés. Proceden también de mediados del siglo XIV los conventos de Santa Clara, los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, el de la Orden de Mercedarios y el de Retuerta, nueve ermitas y dos hospitales, Nuestra Señora de Guadalupe y San Lázaro.

A la par que este florecimiento, otros hechos notables se irán sucediendo a lo largo del siglo directamente relacionados con Almazán, pues al estar próxima a la raya o frontera entre los reinos de Castilla y Aragón será testigo en numerosas ocasiones de las luchas de sus respectivos reyes.

Por aquí pasó en varias ocasiones al frente de sus ejércitos el rey Pedro I “el Cruel” en lid constante contra sus numerosos enemigos, principalmente sus hermanos bastardos apoyados por los aragoneses, llegando incluso a instalar su Corte en la Villa durante varios meses en el año 1359.

En 1375, Jaime IV “el de las Mallorcas”, que había venido a refugiarse con sus tropas en Castilla, morirá en Almazán, siendo enterrado en San Francisco de Soria. Este mismo año, Enrique II de Trastámara, cuyo afianzamiento en el trono de Castilla tras el fraticidio de su hermano el rey Pedro, le supuso largos y enrevesados enfrentamientos con los duques de York y Lancaster, los reyes de Portugal, Aragón, Navarra y Granada, firmó con Pedro IV el Ceremonioso de Aragón lo que se conoce como “paz de Almazán”

En efecto, “en Almazán se firmaron las paces entre Castilla y Aragón, a doce de abril de 1375, por diligencia de la reina Doña Juana, la que al efecto vino a esta Villa acompañada de los obispos de Palencia y Plasencia, Juan Hurtado de Mendoza y Pedro Fernández de Velasco, hallándose por parte del de Aragón el arzobispo de Zaragoza y D. Ramón Alamán de Cervellón. Una de las principales condiciones de este acuerdo fue el concierto de matrimonio entre la infanta Leonor, hija del rey aragonés, con el infante Don Juan de Castilla, lo que supuso el primer paso hacia la futura unión de Castilla y Aragón.

Ya en 1378 como consecuencia de lo que se conoce como “Paz de Troncoso”, acordada por Juan I de Castilla y el duque de Lancaster, acallando la rivalidad con Inglaterra, se firma una cláusula por la cual el heredero de Castilla, futuro Enrique III, debería casarse con la hija de los duques de Lancáster, doña Catalina. Celebrado este matrimonio un año más tarde, les serían entregadas como dote la ciudad de Soria y las villas de Almazán, Atienza Deza y Molina.

A su vez, Enrique III el Doliente, en el año 1395, como recompensa a su fidelidad, dona al almirante mayor de Castilla Don Juan Hurtado de Mendoza -1365-1404- Agreda, Vozmediano y Borobia, pero la resistencia de Agreda obliga a personarse allí al rey y le hace cambiar dichas villas por Gormaz con su castillo y Almazán con sus aldeas, dando lugar así al origen del Señorío de los Mendoza sobre la villa adnamantina.

Al fallecimiento de este rey, que había sido “siempre doliente hasta su muerte”, le sucede Juan II de Castilla produciéndose nuevas perturbaciones en la frontera a lo largo de su turbulento reinado. Importante personaje en su Corte fue Juan Hurtado de Mendoza, al que apoyaba el poderoso valido del rey, el Condestable don Alvaro de Luna, quien en 1429 procedente de Burgos con un ejército de dos mil lanas, se aposentaba en Almazán para impedir la entrada de los reyes de Aragón y Navarra, que se habían instalado en santa María de Huerta. Batalla que no llegaría a producirse tras la mediación de la reina Doña María, mujer de Alfonso V de Aragón y hermana del rey castellano.

Agitado fue también el mandato de Enrique IV el Impotente, quien en 1455 ratifica en Almazán el escasamente duradero tratado de paz firmado antes en Agreda entre Aragón, Castilla y Navarra. Aquí tuvo instalada su Corte ambulante en diciembre de 1462 y enero de 1463, alojándose en el palacio del que era titular entonces Don Pedro de Mendoza. Y aquí recibió a los embajadores del Principado de Cataluña y de Francia, que trataban de mediar las diferencias existentes entre los reyes de Castilla y Aragón.

El Impotente festejó esplendidamente al embajador oficial francés, el cual en un baile de cortesanos llegó incluso a danzar con “la triste Reina” quedando tan satisfecho que al finalizar “hizo voto solemne… que jamás danzaría con dama ninguna, pues que con tan alta señora había danzado”. Anécdotas de la Historia

La invasión de la provincia de Soria por las tropas francesas, que se prolongaría a lo largo de cuatro años, tuvo para la misma consecuencias catastróficas debido a los numerosos saqueos de municipios y al constante requerimiento de dinero, víveres, etc., tanto para las tropas francesas como para las partidas guerrilleras de El Empecinado, Villacampa, Tabuenca, El Cura Merino y otros.

Acabada la guerra, las quejas de los municipios son generalizadas ante la recién creada Diputación Provincial, y aún de esta misma, por la contribución asignada a la privincia “Al ser muy gravosa respecto a otras provincias, especialmente Madrid, Burgos, Guadalajara y alguna más, y particularmente porque ha desaparecido su riqueza de ganadería, carretería, que llamaban real, toda especie de granjería de ganado, abastecimiento del ramo de lanas, falta de fábricas de paño del país, cortas producciones de granos y demás frutas…”, según consta en un acta de la Diputación Provincial de 6 de marzo de 1814.

Este es el desolador panorama que presentaba la provincia la final de la contienda, al cual no era ajeno Almazán, que el 10 de Julio de 1810 había sido saqueado e incendiado por los franceses desapareciendo varios edificios públicos y más de ciento cuarenta casas, entre ellas algunos palacios. De esta plaza haría su centro de operaciones Central general de distrito, quien tomaría la ciudad de Soria tras varios intentos y con los franceses en retirada. A él se debe la orden de derribo del castillo de Soria y de las murallas de Almazán.

Sin embargo, la Guerra de la Independencia no fue sólo dirigida contra los franceses, significó también un enfrentamiento entre “liberales y serviles”, como se desprende de la Constitución de 1812 y de numerosos decretos dictados por las Cortes de Cádiz. Así, por el del 6 de agosto de 1811 eran abolidas las jurisdicciones de señorío con todos sus privilegios “exclusivos, privativos y prohibitivos”. Ello le supondría al Marqués de Almazán y Conde de Altamira la pérdida de propiedad del Monte de la Requijada, el Manaizo y el Soto del Conde, dejando de percibir además las “alcabalas, Almotazanía y fiel medidor”.
Caso ampliable a numerosas poblaciones de la provincia que también se encontraban bajo similar dominio nobiliar.

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