GIJÓN

De plata, un caudillo con la cruz y la espada, puesto sobre un campo en su color natural.

Los interesantísimos frutos de la investigación arqueológica sobre el pasado gijonés, desarrollada sistemáticamente a partir de 1982 bajo los auspicios de su Ayuntamiento y la experta dirección de José Luis Maya y Francisco Cuesta, permitieron concluir, tras rigurosos estudios, que el primer asentamiento conocido de Gijón estuvo en la Campa de Torres, península formada por el cabo del mismo nombre y situada en el extremo occidental del concejo, entre el puerto de El Musel al este y la ría de Aboño al oeste; allí se ubicaba el oppidum o castro de Noega —citado por historiadores antiguos como Estrabón, Pomponio Mela y Plinio—, la “ciudad o núcleo fortificado prerromano más importante de la costa de los astures” (Maya, Cuesta et alii), con origen en el siglo V a. de Cristo. Este castro estaría habitado por el grupo gentilicio de los cilúrnigos, una de las comunidades suprafamiliares de los astures. La economía prerromana de este castro descansaba sobre una abundante y variada cabaña ganadera y la metalurgia; la agricultura se limitaba a la producción de algunos cereales; mientras que la pesca con caña y la caza eran actividades complementarias; el intercambio comercial, por su parte, hizo posible la llegada de productos de origen mediterráneo o meridional.

Con el siglo I a. de C. da comienzo la ocupación romana y con ella una temprana presencia del pueblo latino en el castro de la Campa de Torres, lo que tiene su reflejo, entre otras cosas, en la transformación del caserío y en la erección de un gran monumento oficial al emperador Augusto entre los años 9 y 10 d. de C. —las Aras Sestianas—, del que sólo se conoce una gran lápida, hoy en una colección particular.

En la segunda mitad del siglo I d. de C., en tiempos de la dinastía de los Flavio, aparecen las primeras viviendas en un nuevo y más favorable emplazamiento: la ladera del recoleto cerro de Santa Catalina. Era el germen del Gijón actual (la Gigia de los romanos), implantado en lo que hoy es el barrio de Cimadevilla, un lugar de alto valor geoestratégico. El auge de Gijón durante el siglo II d. de Cristo es un hecho que ha quedado plasmado en las termas o baños públicos, uno de los conjuntos arqueológicos más significativos legados por su civilización a la ciudad. Sus gentes vivían principalmente de la agricultura y la ganadería, al tiempo que se intensificaba la pesca, de lo que da fe el hallazgo de los restos —fechados en los siglos III y IV—, de una factoría de salazones en la plaza del Marqués, junto al palacio de Revillagigedo.

Con la caída del Imperio romano y las posteriores invasiones se produjo un abandono de la civitas gijonesa, ignorándose las causas de su despoblamiento en el transcurso de la Alta Edad Media, periodo en el que escasean las noticias sobre Gijón, que revive para la Historia en el momento en que el soberano Alfonso X le otorga, el 12 de mayo de 1270, la condición de puebla, hecho reflejado en documentos de San Vicente de Oviedo. Sin embargo, esa reaparición histórica se ve ensombrecida por los acontecimientos que siguieron a la muerte del rey Alfonso XI, en la siguiente centuria; Gijón sirve, entonces, de escenario a un enfrentamiento entre partidarios del rey legítimo Pedro I y Enrique de Trastámara. En el s. XIV gobernaba Gijón Rodrigo Alvarez de las Asturias, que abarcaba los condados de Gijón y Noreña. Fue tutor de Enrique II, hijo bastardo de Alfonso XI, al que Gijón apoyó en sus enfrentamientos con su hermanastro Pedro I. Enrique II dio a su hijo, Alfonso Enríquez, los condados de Gijón y Noreña, rebelándose contra su hermano, el rey Juan I, a la muerte de su padre, y haciéndose fuerte en Gijón, en 1383, para acabar derrotado y hecho prisionero. Nuevamente se rebela contra su sobrino, Enrique III, quien reacciona privándole de sus bienes. Alfonso Enríquez huye a Bayona, dejando al mando de la villa a su esposa Isabel, quien en 1395 incendia la ciudad antes de abandonarla. Entonces, el rey toma la determinación de que Gijón se incorpore a la Corona. La repoblación de la villa comienza en 1400. En 1480 los Reyes Católicos dan su autorización para que en Gijón se construya un puerto y se le den los medios para llevarlo a cabo.

A partir de entonces la historia de Gijón aparece vinculada estrechamente al desarrollo de su puerto. En las postrimerías del s. XV se crea el primer muelle de mar, complementado en 1552 con un muelle de tierra. Gijón comienza su actual fisonomía en 1600 al extenderse sobre el arenal y la laguna que ponía cerco a su antiguo asentamiento. El Real Decreto de 1765 y el Reglamento de 1778 fueron dos disposiciones que permitieron al puerto de Gijón el libre comercio con las colonias americanas, lo que llevó a la villa a conocer un moderado crecimiento urbano, cuyo ordenamiento se contempló en el Plan de Mejoras para la ciudad diseñado por Jovellanos y aprobado por el Ayuntamiento en 1782. A fines del XVIII ostenta la capitalidad marítima de la región, y se independiza de la Capitanía de Castilla al comienzo del XIX. Gijón tiene en 1794 el carácter de ciudad industrial y comercial que ya no le abandonaría.

En mayo de 1809 es ocupada por las tropas napoleónicas, para ser definitivamente abandonada por las mismas en enero de 1812. Estas y otras circunstancias, como el caos económico del reinado de Fernando VII, fueron un obstáculo para la mejora de las infraestructuras portuarias y viarias. El remedio a esta situación se empieza a poner a partir de los años treinta del pasado siglo, siendo el primer jalón el estreno de la carretera Gijón-León (1832). El auge de la explotación del carbón en la cuenca central asturiana obliga a realizar obras tan significativas como la apertura de la Carretera Carbonera (1842), el ferrocarril Sama-Gijón en 1856 y, como solución definitiva, la construcción en 1893 del nuevo e importantísimo puerto de El Musel.

Dos factores fueron fundamentales para que, desde finales del XIX, alcanzase la condición de ciudad plenamente industrial: el intenso tráfico de carbón y la entrada de capital procedente de los emigrantes retornados y de inversores extranjeros, trayendo como consecuencia, asimismo, la ampliación de la misma, tras sucesivos ensanches. La apertura de la vía férrea que comunicaba a Asturias con la Meseta por Pajares se produjo en 1884 y contribuyó a su afianzamiento como enclave industrial de primer orden en el último tercio del s. XIX.

Ya en nuestro siglo, Gijón pasó a ser efímera capital de Asturias tras ganar mayoritariamente (64% de los votos) las elecciones de 1936 el Frente Popular. Luego vendría la dictadura franquista y con ella un primer y prolongado periodo autárquico, dominado por el hambre y la represión. Afortunadamente, una vez superado ese negro y eterno túnel, llega el despegue de los sesenta con la creación de la factoría siderúrgica de Uninsa (1971), la ampliación de El Musel y la inauguración de la autopista Y (A-66) en 1976, que venía a mejorar ostensiblemente las comunicaciones con Oviedo y Avilés. Esta época de bonanza tuvo repercusiones urbanísticas y arquitectónicas desafortunadas, como la creación de impersonales, anodinos bloques de viviendas o la indiscriminada actuación de la piqueta incivil sobre edificios históricos.

Hoy, la progresiva modernización de la ciudad y las excelentes condiciones naturales de la misma la han transformado en una grata población turística, con miles de visitantes anuales.

Por decisión municipal, la villa tiene ya escudo desde el s. XVI, representando al infante don Pelayo, armado, con espada en la mano derecha y en la izquierda la cruz en alto que le acompañaba a las batallas.

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